Esta página nace para complacer los deseos de mis incontables y susceptibles seguidores, quienes no podrían vivir sin sus indispensables relatos, apoyados en décadas de estudio y maestría en diversas disciplinas (bah, todas en realidad). Ellos saben que nadie como yo puede contarles, y explicarles (en un léxico a la altura de su comprensión, para lo cual tengo que rebajarme bastante) (y hasta cometo adrede algunos errores de ortografía, para que no se vean tan inferiores), cómo son las cosas en las lejanas comarcas que tengo en suerte visitar. De mas está aclarar que confían ciegamente en todo lo que les transmito, y obviamente nunca se les ocurre intentar verificarlo por la whiskypedia, opiniones de terceros, y mucho menos apelando a su decadente experiencia personal...

septiembre 22, 2011

Día 3: Cuando uno cree que las cosas no pueden ser mejores…



23-09-11: 

Como de costumbre, arranqué el día a las 4 am, completando el reporte del día anterior, mientras mis neozelandeses compañeros (que no me mientan, éstos son de acá, no puede ser que estén tan bien adaptados a los horarios) (o al menos hicieron una pre-temporada de adaptación violenta…) siguieron durmiendo hasta aproximadamente las 7. Repetimos el desayuno con los mismos ingredientes, lamentando nuevamente no tener sobrecitos de sal para sazonar los huevos revueltos al microondas, y despidiéndonos de nuestro fiel pescado ahumado, que tan valientemente resistió el paso del tiempo y la embestida de nuestro apetito (hizo las veces de las “lembas” del señor de los anillos). Su partida ameritó una despedida como la de Homero al sándwich interminable…

Hicimos las valijas y nos retiramos del capitalino hotel, no sin antes realizar una modificación en la disposición de nuestra insignia patria, que si bien continuó en posición de franco mancillaje (o cómo se diga o escriba), al menos su integridad dejó de correr peligro, y encaramos para las ordenadísimas carreteras neozelandesas. A propósito, no quisiera olvidarme de mencionar algunos detalles interesantes de las costumbres viales de acá, como por ejemplo el hecho de que en las intersecciones de 2 avenidas doble mano, donde la combinación de indicaciones de tránsito es casi infinita, una permite a los peatones cruzar en todas las direcciones, hasta en diagonal, mientras ninguno de los autos puede moverse. Siguiendo con la educación vial kiwi, descubrimos que para ellos las rotondas son sagradas, teniendo el que viene circulando por ellas prioridad absoluta de paso (vimos muy de cerca la muerte un par de veces por mandarnos a la argentina mientras los camiones que venían girando continuaron haciéndolo impiadosamente, y hasta acelerando…) (y sumando este hecho a la tendencia casi irrefrenable que tenemos de tomarlas por la derecha, quedando de frente a los autos que se nos aproximan cuyos conductores portan expresiones de incredulidad y franco encono, el combo da un incremento exponencial en el riesgo de colisión).

Lo primero que hicimos, antes de encarar definitivamente para nuestro nuevo destino, fue pasar por la agencia de alquiler de autos, ubicada cerca del aeropuerto, para que nos repararan la heladera eléctrica portátil del auto, que tenía un problema en un fusible. Una vez que tuvimos solucionado el inconveniente térmico (y técnico), encaramos para el sureste buscando la ciudad de Tauranga, ubicada casi a orillas de la costa del océano Pacífico. La travesía fue muy placentera, comenzando en autopistas de varios carriles, para ir pasando gradualmente por otras de 2 carriles, hasta finalmente terminar en rutas mano y contramano, las cuales tienen una característica muy llamativa que citaré a continuación. Al estar compuesto el territorio kiwi en su mayoría de superficies irregulares, las rutas deben indefectiblemente hacer constantes subidas, bajadas, curvas y contracurvas, lo que hace casi imposible los sobrepasos en rutas mano y contramano, así que lo que se les ocurrió a estos tipos es, de tanto en tanto, habilitar un tercer carril, que sólo aplica a una de las manos, para que los autos se sobrepasen ahí. Y lo que es impresionante es cómo lo señalizan, avisando las zonas de sobrepaso con kilómetros de anticipacíon, y describiendo cuantos kilómetros estará presenta dicha zona. Bue, a pesar de dicho lujo, también pude darme el gusto de realizar algunos sobrepasos normales en las pocas zonas que estaba permitido, con la salvedad de que en realidad de normales no tenían nada, ya que obviamente fueron hechos por la derecha.
El trayecto, de unos 205 kilómetros, transcurrió inicialmente por los suburbios de Auckland, para después adentrarse en una zona de sierras similar a Tandil, que presentaba en su vegetación una intensidad de colores, especialmente en el verde (que está en todos lados, hay pasto hasta en la sopa, y siempre bien cortadito), y también en los vivos rojos y amarillos de las flores (que pululan por doquier, ignorando por completo que estemos en invierno, que en definitiva me hizo pensar que estos kiwis hps le robaron la paleta de colores originales a Dios cuando éste creaba la tierra, teniéndo que conformarse con  tonos de segunda mano para pintar el resto del mundo… Otra particularidad de la zona, y probablemente de todo el país, por lo que se vió desde el avión, es el hecho de que la gente vive efectivamente en el campo en lugar de vivir en ciudades ubicadas en el campo. Con esto me refiero a que cada uno habita su casa con su granja y sus animales, y en vez de haber centros urbanos hay pequeños pueblitos, tipo el far west de las películas, compuestos por una calle central con algunos pocos negocios, y dos o tres casitas en donde vivirán los que laburan en esos negocios. Los milagros de la planificación coherente vs la enfiteusis y el latifundio… Y hablando de planificación, ayer habíamos estado charlando justamente de lo planificadores que deben ser estos tipos para haber llegado a semejante grado de perfección, y hoy Roberto descubrió una nota en el diario que versaba sobre la planificación vial que estaban haciendo de acá al año 2040… y el slogan era algo así como “estamos trabajando para mejorar tu vida”… que diferencia con lo nuestro, donde todo lo que se hace es para apagar un incendio…
Bue, pasando la zona similar a Tandil llegamos a una parte ya decididamente montañosa, más parecida a nuestro sur, donde el camino se puso aún más sinuoso para lograr atravesar la cordillerita que nos separaba de nuestro costero destino. Llegamos entonces a la ciudad de Tauranga, a eso de las 13 hs y luego de pasar por el hotel para dejar las valijas únicamente (ya que todavía no era horario de check in), y encaramos para la zona costera de la ciudad, en la cual se encuentra el imponente monte manganui, a cuyos pies ingerimos un delicado almuerzo en el restaurant Deckchair, en el cual Ceci, hermana del colo e hija de Roberto, había trabajado durante 6 meses hace cerca de un año. La zona no puede ser más hermosa, con la conjunción de hermosas casitas, locales gastronómicos, blancas arenas, aguas turquesas, y de postre, el citado monte, que se levanta como un chichón de piedra a pocos metros de las construcciones de la ciudad.  Terminado el almuerzo, dejamos a Rober para que inspeccionara las calles aledañas, y nos dispusimos a realizar el ascenso a la granítica estructura, tarea que nos demandó una media hora de sudoroso esfuerzo, llegando a la cima cansados pero felices de poder disfrutar una vista impresionante. Ahí nos cruzamos, además de con una gran cantidad de neozelandeses haciendo deporte (los animales salen a correr acá, una locura, con razón tienen semejantes jamones), con un loco furioso, que saltaba de una punta a la otra del monte con su parapente, cayendo del cielo al lado de los turistas que pasaban, al mejor estilo batman desplegando su capa al  arribar a una escena de crimen en acción. Ah, antes de olvidarme, ya que hablamos de los deportistas acá, quería aclarar que pudimos comprobar que eran ciertas dos cosas que siempre nos decían en el club cuando eramos chicos: Acá hay canchas de rugby por todos lados, y también se puede ver gente jugando a la tocata en las plazas y en las playas. Otra nota deportiva interesante es la gran cantidad de mujeres deportistas que hay, y la atermicidad que tienen estos hijosdeputa, trotando en lompa corto y musculosa cuando nosotros tenemos que estar con campera y bufanda.

Bajamos del monte y nos reunimos nuevamente con Rober, para intentar luego hacer una interesante excursión en kayak a unas raras cuevas con unos gusanos que resplandecían, o algo así, pero lamentablemente llegamos muuuuuuuyyyyy tarde y ya era hora de que los kiwis dejaran de laburar (eran las 16…), así nos fuimos para una zona un poco más céntrica, en la cual pudimos estacionar el auto sin pagar el parquímetro (porque eran más de las 16…), y luego de recorrer unas pocas cuadras, comprar algunas pequeñeces, y charlar con algunos locales que nos comentaron que Tauranga es una ciudad para jubilados, al estilo Florida en EEUU, y con algunos turistas mundialistas, para bardearlos por la inminente derrota de sus equipos, enfilamos un centro comercial no muy lejano, con la intención de comprar algunos víveres en el super. Todavía preguntándonos como mierda hacen estos tipos para vivir así laburando tan poco, llegamos al shopping, que si bien era más lindo que los que vimos en Auckland, tenía las mismas casas de mierda, lo que nos llevó a concluir que los kiwis deben tener a un Guillermo Moreno de la puta madre que pone barreras en serio a la importación de textiles, privilegiando únicamente las confecciones locales.

Una vez que tuvimos listo el changuito con lo necesario para la cena y el desayuno siguientes, encaramos nuevamente para las playas cercanas al monte, donde nos tomamos unas cervecitas (tibias, porque no se había activado nuestra heladerita), para finalmente regresar al hotel, en donde pudimos disfrutar de las bondades de un baño reparador (con hidromasaje y todo!), y una suculenta cena, compuesta por sanguches de jamón, queso y huevo frito, siendo responsable este último insumo de un cuasi incendio, con sonada de alarma de humo y todo. Ingerimos los alimentos mientras mirábamos Sudáfrica – Namibia, clavándonos también unas medidas de un interesante y ahumado wiskazo llamado Black Grouse, que habíamos adquirido en el freeshop y nos viene acompañando desde entonces.

En estos momentos son las 22:33, estoy terminando el reporte mientras mis compañeros ya van por el quinto sueño…


Hasta la próx.







 











septiembre 21, 2011

Día 2: Hit the road Jack

Arrancamos el día (que yo había arrancado a las 4 am desvelado escribiendo lo del día anterior) con un nutritivo desayuno en la habitación, compuesto por café con leche, yogurt, tostadas, chocolatines, leche, y huevos revueltos al microondas (uno solo de nosotros se atrevió a mezclar todos los insumos mencionados, pero no lo voy a mandar al muere tan temprano, todavía tengo códigos…). Ah, también incluyó una porción de pescado ahumado del día anterior (que, dicho sea de paso, todavía sobra…) (en tu cara Rino!).

Arreglados y con el estómago contento, partimos en nuestro vehículo (ineficientemente tuneado con una bandera argentina por mis inhábiles manos) con dirección norte, ayudados por nuestro machista mapa, sin ningún tipo de reparo en detallar calles ni cosas parecidas, con el nombre del lugar y mínimamente una indicación que describa si está a al norte o al sur de nuestra posición actual… Partimos hacia la bahía, itsmo, o lo que sea, de Wangaparaoraoa o algo así (no vale intentar rimar con esa otra palabra), ubicada a unos 50 km al norte de nuestra ubicación, sitio al cual llegamos sin mayores preocupaciones. Allí pudimos disfrutar de la incomparable belleza natural que ofrece la posibilidad de ver el mar al este y oeste, sumando al combo tranquilas playas con empinadas paredes rocosas, y como frutilla del postre una planificación urbana envidiable, con tranquilas casitas ubicadas estratégicamente hasta en la sopa, insuflando nuestros corazones con una no muy sana envidia, bien negra (prefiero el negro al verde para denotar envidia, principalmente por el grone Otello…). Nos llamó la atención especialmente una callecita que bordeaba una costa deliciosa de la cual se levantaba un extraño peñón, que poseía todos los atributos necesarios para calificar como “suburbios del paraíso”. Lo interesante de lo que venimos viendo de esta ciudad es que no parece haber grandes diferencias entre los ingresos de las personas, y si existe, lo disimulan muy bien, porque las casas son del mismo estilo en toooooodoooos lados (hay mucha madera, y hasta parecen prefabricadas), y ninguna llama la atención por su lujo o tamaño desmedido. Qué se yo, después habrá que buscar en la net cómo es el tema de la distribución de la riqueza, si hay altos impuestos para los ricos, o si sus arquitectos tienen menos inventiva que el polaco bastía a la hora de la gambeta (igual lo banco a muerte al polaco). Paradójicamente, esta cualidad, que inicialmente podría ser percibida como negativa a la hora de evaluar la belleza de un barrio (porque siempre quedan lindas las mansiones), termina sumándole muchísimo al espíritu del lugar, apoyándose en la fuerza de una coherencia y perfección abrumadoras (más o menos igual a como juegan al rugby estos tipos, no hacen cosas locas, simplemente van para adelante, corren derecho, pasan la pelota cuando tienen que pasarla, y casi que ninguno sobresale del resto en desempeño individual). Otra cosa que se ve muchísimo acá (no solo en este barrio, si no en todo lo que vimos de Auckland) son los yatecitos. Casi todas las casas tienen estacionado uno en el garaje, y ya más cerca de la ciudad, pueden verse gigantescos estacionamientos para embarcaciones cada dos por tres, lo que es coherente con el dato que escucho Roberto de que el 20 % de la población local posee algún tipo de embarcación.

Bueno, todavía maravillados por la simple perfección con la que viven estos tipos, de quienes aún nos preguntamos de qué carajo viven y cómo alcanzan semejante nivel de vida, emprendimos el regreso, no sin antes detenernos en un minibarcito, en el cual ingerimos una especie de pancho prefabricado (horneado con masa), donde descubrimos una costumbre rarísima que tienen acá (inicialmente creímos que era de la china loca que nos atendió, cómo la puteamos, jajaj, luego la historia la reivindicó…), que consta en preguntarte cuantos sobrecitos de azúcar le vas a poner al café cuando se lo pedís en el mostrador, en lugar de que haya canilla libre de sobrecitos en las mesas, o al menos que te lo traigan para ponérselo uno. Es más, casi pensamos que nos los quería cobrar la china, de lo rara que nos pareció la situación, tuvimos que revisar el ticket para salir de la duda. Una vez en la ruta, regresamos a Auckland para luego encarar para la zona ubicada al este de la ciudad, donde pudimos encontrar, además de las bellas y uniformes construcciones, una zona de barcitos muy pintoresca (creo que se llamaba misión bay o algo así), donde, como el nombre del lugar lo dice (no la parte de mission) la presencia de bahías y contrabahías unidas por serpenteantes caminos, a veces flanqueados por agua a diestra y siniestra le terminaban de dar un nuevo toque de perfección al lugar.

No conformes con semejante y armónica belleza, pusimos rumbo hacia el oeste, donde nuestro mapa indicaba la posible existencia de una costa escondida detrás de la verde superficie de un parque nacional (más detalles no brinda el tacaño). Manejamos un buen trecho y nos fuimos adentrando en una zona de bosques montañosa (o al menos con ascensos importantes), en la cual las casas ya estaban distribuídas de manera más raleada, pero aún seguían poblando uniformemente las superficies disponibles para la construcción. Recorrimos los angostísimos y zigzagueantes senderos, subiendo y bajando con una frecuencia abrumadora, buscando en vano alguna señal que nos indicara cómo llegar a las fatídicas costas, pero al parecer los kiwis estos se acordaron de no ser perfectos justo en la zona en la cual más los necesitábamos, porque la verdad el camino tenía menos carteles que las calles del conurbano (lo que no falló nunca fue la señalización vial, ni aún arriba de las montañitas se podía ver una zona que no tuviera la ruta bien pintadita), así que, luego de recorrer varias veces el mismo trecho, y de preguntar sin éxito, decidimos ir a comer algo a un shopping que quedaba enfilando de nuevo para la ciudad.

El menú fue un abundante plato de comida china, comprado en un stand en el cual uno abonaba el tamaño del plato, y después se podía servir todo lo que entraba en el mismo. No se imaginan la torre de pisa que diseñamos, con base de arroz salteado y fideos, andamios de empanaditas chinas, y mampostería de cerdo agridulce, pollo con miel y alitas fritas… Después de la ingeniería, dimos unas vueltas por el shopping, que no valía dos mangos, principalmente porque todo estaba carísimo, y encima tenía pinta de trucho, o al menos puesto con mal gusto. Además, el no conocer las marcas locales tampoco inspira mucho a la compra (gracias a dios…). Hasta encontré la marca de calzones promocionados por Carter (bah, carter promociona todo acá), pero ni en pedo se me cruzó por la cabeza gastar los 40 dólares kiwis (que están en relación 3,5 con respecto al peso) que pedía Dan… (no se qué me hago el duro si después seguro me ablandan y termino cediendo)

Como último destino de conducción elegimos el One tree Hill, un montecito (que también es un volcán inactivo) ubicado unos kilómetros al sur de Auckland, el cual tiene la particularidad de estar rodeado por un hermoso parque (creo que se llamaba Cornwall Park), ideal para hacer deportes aeróbicos. Allí, además de apreciar su exuberante belleza, enmarcada por la presencia de innumerables ovejas que cumplían la doble función de dar ternura y mantener el césped en perfecto estado, pudimos encontrarnos, hablando de aerobismo, con una bola de músculos Maorí que trotaba por la zona, imponiendo un respeto enmudecedor… es más, en un momento, mientras comíamos un refrigerio, lo vimos pasar corriendo a la distancia, y se nos ocurrió hacer un comentario jocoso acerca de su apariencia, coincidiendo nuestras risas con el giro de su mirada hacia nuestra posición. La cara de cagaso en los 3 fue tan inmediata como nuestro silencio, pasando unos cuantos segundos hasta que pudimos volver a respirar, a medida que el animal continuaba su trote distante…

Aliviados, regresamos al hotel para dejar el vehículo y continuar a pie la exploración del centro de la ciudad, descubriendo algunos lugares interesantes, pero sucumbiendo siempre en última instancia ante la tentación de entrar en los locales oficiales del mundial (encima se llaman “superstores”, lo que los hace más irresistibles) para chusmear el interminable merchandising, y comprar alguna que otra boludez (como un juego de cubrecama y almohadas mundialista, con las 4 frases que pronuncia el referí antes de que inicie el scrum, … sin palabras…). También probamos suerte con una de esas máquinas donde uno intenta pescar cosas (que en este caso eran pelotas de rubgy, basket, etc) con una grúa, obviamente sin éxito,   no a causa de nuestra impericia, si no a que era un robo a mano armada, ya que en los 3 intentos, especialmente cuando probó Rober, la grúa abrazaba la pelota al bajar, pero la soltaba (literalmente) al subir. Fácilmente ameritaba aplicar la frase "destrocemos el lugar" de Serpiente, pero el tamaño de los guardias no lo aconsejaba... Terminamos la caminata ya de noche, recorriendo el Alber Park, un espacio verde de empinadas lomas ubicado a pocas cuadras de nuestra morada, desde el cual pudimos tomar algunas fotos de la sky tower iluminada con los colores de la RWC.

La cena fue ingerida en un pintoresco pub Belga (al estilo del Kilkenny) llamado “The Occidental”, en el cual degustamos variedad de cervezas de dicha procedencia, y disfrutamos un delicioso plato de mejillones gigantes al vapor (no sabemos qué carajo tendrán que ver con Bélgica, pero al parecer eran la especialidad de la casa, según nos dijo un azafato de aerolíneas), junto con una picada marítima que incluía cachos de salmón, calamares y ostras, todo ambientado con el espíritu del mundial. Había también infinidad de LCD en las paredes, que transmitían el partido de Japón contra Tonga, por lo que estuvimos completamente rodeados de ponjas vestidos con sus pantalones piyamezcos, y no pudimos evitar tildarlos de pechofríos, ya que el partido se jugaba a 150 km, y bien podrían haber estado ahí alentando en lugar de estar chupando con nosotros.

Bue, todo por hoy, o en realidad por ayer, porque a las 23 hs caí muerto con apenas 2 renglones escritos, pero nuevamente me desvelé a las 4 am (mientras los demás duermen… se adaptaron inmediatamente los hp) y acá me tienen sacrificándome por ustedes… Al menos sigo cumpliendo mi promesa de dormir menos de 5 horas y media por día durante el transcurso del mundial…

Ciao

























septiembre 20, 2011

Día 1: E pur si muove

20-09-11.


Arrancamos el viaje como un equipo profesional bien consolidado, el colo y Rober me pasaron a buscar en un taxi kangoo, y desde allí partimos a ezeiza, completamente desapegados de los acompañamientos y despedidas inherentes a los viajeros recreacionales… Llegados al aeropuerto, 3 horitas antes de la partida, y ya instalados en la nueva terminal C de Aerolíneas, sobrellevamos sin mayores inconvenientes la demora de siempre de al menos una horita en que iniciara el check in, recibiendo las amables pero decididamente inútiles explicaciones del personal del aeropuerto, que no podía explicarnos por qué carajo no había ni una persona en los recibidores. Obviamente, el estar de vacaciones lo suaviza todo dándole hasta un lado jocoso al asunto, pero de todos modos no pudimos evitar imaginar que en cualquier momento nuestra situación se podía transformar en la cotidiana nota de TN en la cual los pasajeros de aerolíneas putean porque dicen que están hace 1 día esperando y nadie los atiende. Por suerte no se trataba de un paro, así que luego de la demora logramos hacer el check in sin problemas y pasar a la zona de embarque.

El objetivo primordial por el cual habíamos llegado con semejante antelación era lograr ingresar al salón de american express antes de las 00:00 hs, ya que teóricamente cerraba a esa hora, pero a causa de la demora ya se había hecho casi la 1 de la mañana cuando logramos hacer el check in. La tristeza embargó nuestros corazones pero no impidió que confiáramos en la tozuda voluntad del Rober, quién insistió en que camináramos los más de 500 metros poblados de recovecos y extrañas geometrías que separan a la terminal C de las zonas viejas del freeshop, donde se encuentra la sala de American. Gracias a su intuición llegamos al soñado lugar, el cual no solo estaba abierto, si no que además completamente vacío, por lo cual pudimos disfrutar de manera inmejorable de los snacks, gaseosas, whiskys, budines, yogures, jugos, etc, etc que allí nos ofrecieron por el solo hecho de mostrar que tenés una extención de una tarjeta american express.

Con sonrisas de oreja a oreja, emprendimos el camino de regreso, esta vez siendo testigos de situaciones tan bizarras como descubrir grupos de empleados de aerolíneas riendo mientras miraban algo en una laptop (probablemente poringa o youporn) en un pasillo olvidado por dios y por el diablo, que al enterarse de nuestra presencia, asumían la cara de pelotudo mejor estudiada de la historia… Completamos el recorrido, y abordamos sin problemas en el pequeño avioncito que nos llevaría al rugbístico destino, y, por suerte, antes que comenzara siquiera a moverse por la pista ya estábamos torrando…

Aproximadamente una hora luego del despegue, nos despertaron para cenar, tarea que cumplimos de manera casi automática y carente de estado de vigilia, y una vez concluída la faena, retornamos al placer del sueño inmediatamente, sin siquiera recordar el momento en el cual te retiran los platitos y demás despojos. Algunas horas más tarde nos despertamos (a eso de las 9 o 10 am, y pudimos deleitarnos con la asombrosa tecnología multimediática que nos ofrecía nuestro moderno avión, proyectando películas en una tele de tubo bien gastada (todo se veía cepia) de 14 pulgadas ubicada a unos 4 o 5 asientos delante nuestro, y también con un fenómeno bastante particular que ocurría a nuestro alrededor, el cual consistía en un amanecer que parecía detenido en el tiempo, ya que el sol nunca terminaba de aparecer en el rosado cielo que podíamos observar si dirigíamos la mirada hacia la parte posterior del avión. Estimo que el aeroplano se estaría moviendo casi a la misma velocidad que la de la rotación de la tierra, por lo cual el sol nunca lograba alcanzarlo. Se puede decir entonces que logramos escapar del astro rey por unas cuantas horas, ya que recién se terminó de hacer de día a eso de las 3 de la tarde, luego de que ocurriera otro fenómeno no menos extraño ni falto de belleza, que consistió en la presencia de una coloración rosada en la totalidad de las nubes que se encontraban debajo del avión, generando una sensación de irrealidad impresionante. De todos modos eso sí que duró apenas 1 minuto, y obviamente no pude sacar fotos ni filmar, así que tendrán que confiar en mi testimonio (de todos modos creo que ya sabrán que soy incapaz de mentir…).

Bue, después de la noche más larga que me tocó vivir, a causa de la prolongadísima demora en la salida del sol, finalmente llegamos a nuestro destino, no sin antes atravesar la mágica línea del tiempo (o de la fecha, porque decía date line en la pantallita pedorreta con definición de commodore 64 del avión) (pensar que yo creía que iban a haber pantallas individuales para cada pasajero, con touch screen para elegir entre capítulos de seinfeld, friends, big bang theory, etc…), evento que genera el inmediato salto en el tiempo desde un gmt – 9 horas a un + 15 horas, lo que implicó pasar del lunes 19 a las 16 horas al martes 20 a las 7.

Una vez aterrizados, luego de pasar por la burocracia de migraciones, escoltados por gigantescos guardias (tanto maoríes como anglosímiles), nos subimos a la van que nos llevó a encontrarnos con nuestra flamante Honda CRV con volante a la derecha, quién será una compañía inseparable durante la totalidad de nuestra travesía por estas lejanas tierras. El colo fue el primer valiente en aceptar el desafío de conducir en contra de las reglas de Dios, tarea que cumplió a la perfección, salvo por una ligera tendencia a morder las marcas de la ruta ubicadas a la izquierda, depositándonos sanos y salvos en el estacionamiento del hotel ubicado en pleno microcentro de Auckland, ciudad más poblada del país (creo q supera el millón de habitantes, mientras que en todo el país no hay mucho más que 4 millones). Pasando a la descripción de la ciudad, es indispensable citar inicialmente que todo acá parece una maqueta, ordenadita y recién pintadita, sin un solo bache, papel en el piso, sin grafitis ni rayones, con las casitas prolijitas y el pasto bien verde y cortito. En los prolongados suburbios no hay edificaciones que superen los 2 pisos, y, ya en plena ciudad, sacando el puñado de edificios altos que componen la city, el resto son de 3, 4 o 5 pisos. Uno no puede evitar preguntarse cómo carajo hacen estos tipos para llegar a este nivel de vida, dado que no tienen industrias ni nada que se le parezca (salvo la venta de suero fetal bovino para biotecnología), pero el caso es que da gusto moverse por un entorno tan cuidado y amigable, donde está pintada hasta la última línea del piso, y los semáforos se comunican con uno mediante sonidos tipo los de Arturito (r2d2 para los nerds)…

Dejamos los bolsos y salimos a pasear un rato a pata, pasando antes a desayunar algo en un starbukcs, para luego subir a la famosa skytower, gigante de más de 220 metros (ubicada a una cuadra del hotel) , desde la cual algunos enfermos mentales se tiran al vacío atados con un par de soguitas. Una vez que estuvimos en uno de los niveles superiores de la torre pudimos comprobar la potencia del viento (en este lugar se podría bien aplicar la frase del Bambino “acá nace el viento”) que reina por estos lares, ya que tuvieron que prohibir la subida al último piso porque la torre se estaba tambaleando mucho… (a propósito, 5 minutos antes de enterarnos de eso les realicé a los muchachos el comentario “como se está moviendo esta mierda”, obteniendo por única respuesta dos un “que se va a mover” dicho con cara de “sos un cagón”, pero, como le pasó a otro genio incomprendido, Galileo, a la larga tuvieron que reconocer sus osados errores (no notarlo y dudar de mi), y todos nos bajamos de la estructura con un buen mareíto causado por la oscilación ya imposible de ser ignorada.

Nuevamente con los pies sobre la tierra, decidimos comenzar un recorrido a pie de la zona portuaria, a la cual llegamos sin mayores contratiempos luego de recorrer no muchas cuadras con el orden maquetístico que caracteriza a ésta ciudad. A propósito de eso, si esta es la ciudad más grande, no puedo imaginarme lo que serán las otras, ya que, no solo verdaderamente posee muy pocas edificaciones de más de 10 pisos, si no que casi no hay tránsito (ni vehicular ni peatonal) en sus angostas y casi exclusivamente doblemánicas calles. Ah, saliendo de tema también es interesante aclarar cómo estos tipos mantienen el mismo principio que aplica en los países del primer mundo referido a que los trabajos más molestos sean realizados por las clases inferiores (basándonos en la pirámide descripta por Johann Friederich Blumenbach), ya que hasta el momento sólo fuimos atendidos o por asiáticos de nacionalidad indefinida, y por mujeres, que realizan tareas casi que para nosotros serían casi exclusivamente masculinas, como botones o bus driver. Al parecer no debe haber muchos negros acá… Bue, siguiendo con el relato, llegamos a una especie de puerto madero mejorado, flanqueado por yates de puta madre flotando en aguas de un inexplicable y límpido verdor, el cual recorrimos maravillados, pasando por incontables puentecitos y zonas de restoranes bien careta, hasta toparnos con nuestro objetivo oculto, el fish Marquet de Auckland, una pequeña estructura donde, además de restorancitos más accesibles, también hay pescaderías, exhibiendo ejemplares rarísimos (al menos para mí), como barracudas, unos bichitos que tenían un pico puntiagudo tipo picaflor, y un pez llamado Dory, que tenía la misma forma que el personaje femenino olvidadizo de “Buscando a Nemo”… Decidimos adquirir unos pescados ahumados para almorzar, por lo que encaramos para un puestito con una variedad de oferta impresionante, atendido por una china (o símil) que nos iba dando de probar cada pescado que le señalábamos para ayudarnos a decidir, como si estuviésemos en una heladería. Terminamos comprando Atún rojo, Pez luna y otro que se llamaba Boby o algo así, aumados todos, totalizando un kilo entre los 3. Además de barata y deliciosa, nuestra selección probó ser harto abundante, porque no pudimos comernos ni la mitad, así que guardamos las sobras e iniciamos el regreso a nuestro céntrico hotel, donde pudimos depositar la preciada carga en la heladerita de la habitación, para poder ser consumida con posterioridad.
Salimos luego a recorrer zonas más lejanas con la camioneta, ésta vez con mis manos al volante, y debo decir que si bien estuve un poco nervioso al principio, uno se acostumbra rápido a la joda de manejar por el otro carril. Obviamente ayuda muchísimo el hecho de tener caja automática (ni me quiero imaginar lo que sería tirar cambios con la zurda), por lo cual la mayor complejidad que hasta ahora venimos teniendo está en el tema de los guiños, ya que cada vez que queremos doblar a la izquierda activamos el limpiaparabrisas en velocidad 1, y a la derecha en velocidad 2… (podrían haber dejado sin cambios esa palanca, que les costaba a estos ingleses contreros de mierda). El primer objetivo fue el monte Eden, un volcancito inactivo ubicado a pocos kilómetros del centro, desde cuya ventosa cima puede apreciarse con claridad toda la fisonomía de la metropoli, y se tiene una vista cercana del Eden Park, el principal estadio del país (es más feo que la vieja cancha del rojo, y eso es mucho decir) donde se jugó el partido inaugural y se jugará la final). 

Descendimos por los mismos sinuosos caminos que habíamos utilizado para subir, y nos adentramos en un cuidadísimo barrio, al estilo de las zonas caretas de pilar o tigre, cuyas veredas estaban pobladas de escolares movilizándose graciosamente en monopatines, con el objetivo de encontrar el sitio en el cual el equipo francés estaba realizando una práctica a puertas abiertas. Por suerte lo encontramos sin dar muchas vueltas ni preguntar mucho (acá es necesario hacer la aclaración de que nosotros somos bien machos y no usamos GPS, y además tampoco teníamos mapa…). Una vez en el lugar, que no era más que un clubcito de la zona, nos sorprendimos con lo familiar del asunto, era una canchita sin ningún tipo de tribuna, al borde la cual había un no muy numeroso grupo de franceses chusmeando, mientras, los jugadores realizaban ejercicios recreacionales boludísimos (tipo tocata neozelandesa) apenas a pasos de distancia, todo ambientado con música careta tipo lounge de fondo, y hasta había una especie de animador (pobre, le puso unos huevos bárbaros el tipo, pero los franchutes no le daban ni la hora a los chistes que hacía, probablemente porque odian a todos los que hablan inglés…). Bueno, la verdad que fue una experiencia buenísima, coronada por la foto que nos sacamos con Quesada, un tipo que si ya admiraba antes, ahora, que vi en que consiste su laburo, es uno de mis máximos ídolos (una fiera, entrenador de patadas, no hacía un joraca, se quedaba al costado haciendo jueguito, se iba a la otra punta, sólo una vez tiró una pelota a cargar en una salida para que los wines practicaran recepción).

Bue, luego de merendar en un mc café, y de pasar por un super para realizar algunas compras para la cena y el desayuno (que lindo que es ir al supermercado en otros países), regresamos al hotel ayudados en la orientación por el punto de referencia ineludible de la sky tower, y decidimos realizar otra caminata antes de volver a cenar. Pasamos por varios locales mundialistas con artículos irrisoriamente caros (las camisetas de rugby están a casi 800 pesos…), vimos por enésima vez las gigantografías de Dan Carter en pelotas, vendiendo calzones a lo “tanque Pavone” (ya me convenció, no me voy de NZ sin los calzones de Carter) (a propósito, es el único all black que usan para publicitar, está hasta en la sopa, mientras que apenas vimos a Richie McCow en una afeitadora, y a Lomu en unos cereales pedorros) y de casualidad encontramos la fan zone o algo así, una especie de tecnópolis dedicada al mundial, con bares temáticos y pantallas gigantes por doquier, que en ese momento proyectaban el inminente inicio del partido entre Italia y Russia. Nos despedimos no sin antes darle una oportunidad a un simulador de patada a los palos en el cual le demostramos a unos kiwis muertos de hambre como se patea con displicencia (al estilo Gurruchaga), retirándonos con 100 % de efectividad. Una vez en la habitación, cenamos lo que sobraba de los pescados ahumados en sanguchitos (tampoco pudimos termiarlos del todo, quedarán para el desayuno…) mientras mirábamos el mencionado partido por la tele, y nos dispusimos a descansar después de una jornada de incalculables horas de vigilia (con los cambios horarios realmente no sé hace cuantas horas estoy despierto, descontando las pocas que dormí en el avión).

Ta mañana.

PD: comencé a escribir este reporte ayer a las 10 pm, y me dormí al toque, pero el milagro de los husos horarios hizo q me desvelara a las 4 am (yo solo, x q los miranda siguen de largo por gracia de la farmacología), momento en el cual acabo de completarlo.



















septiembre 11, 2011

Palpitando...

Bueno, se viene un nuevo viaje, esta vez con destino exótico, la lejana e insular Nueva Zelanda, donde, junto a mis futuros compañeros de aventura: Rober "trip organizer" e Ignacio "colorado metefichas" Miranda, tendremos la enorme responsabilidad de llevar un poco de aliento a los pumas en el mundial que arrancó hace un par de días. La tarea no será simple, pero haremos lo posible para que éstos pechofríos hinchasdelrojo, que nunca sintieron la camiseta y no emocionan a nadie, hagan honor a los colores de la acadé que portan, le ganen a Escocia y pasen a la siguiente fase...

El objetivo de este posteo es dejar constancia previa de los partidos que veremos (así nos buscan en sus televisores, donde estimo no probará ser difícil encontrarnos, gracias a la particular baliza natural que lleva en su cabeza uno de los integrantes del comité) y de las ciudades en las que pernoctaremos, así después no pierdo tiempo explicando geografía a semejante manga de ignorantes...

Iniciamos con un par de mapitas:

Ésta primera imagen me sirvió para dos cosas:

  1. Constatar fehacientemente que Nueva Zelanda queda verdaderamente en el culo del mundo.
  2. Terminar de entender bien (porque la geometría nunca fué mi fuerte) (mentira, lo digo para que puedan identificarse conmigo nomás) el tema del vuelo transpolar y la disminución que supone en la distancia a recorrer (fíjense que en el extremo inferior derecho se alcanza a ver la patagonia). Igual, aún antes de comprenderlo del todo, ya me había cansado de caretearle el vuelo transpolar a cualquiera que me preguntara cuanto tardaba el viaje...

Y éste es un mapa que detalla las ciudades. Si, ya sé que no se lee un joraca, entren a google maps si no les gusta, ingratos de mierda...

La cosa va a ser así, llegaremos el día 20 a Auckland, la ciudad más poblada, ubicada al norte de la isla septentrional (si no empiezo a meter sinónimos va a parecer que quiero hacer publicidad de la ex cadena de supermercados que fueron comprados por Carrefour), que será la que acaparará el 95 % de nuestra atención, y nos quedaremos allí 2 noches. Luego nos vamos un poco al sureste para pasar un día en la ciudad de Tauranga.
Del 23 al 26 estaremos en Wellington, la capital del país, en el extremo sur de la isla.
El 27 cruzaremos en ferry hacia la isla sur, parando en la ciudad de Nelson (bien al norte de la isla austral) (esto ya parece Lost con lo de la "other island") (les prometo que lo expresado en este diario no tendrá tanta mentira infundada...) (mmm, creo que no es muy prudente andar citando una historia cuya trama arranca con un accidente aéreo en un vuelo por Oceanía...) (si, también acaricio gatos negros, ingiero sandía con vino, y paso por abajo de escaleras y andamios de obra) (bueno, la corto con los paréntesis, no?), donde permaneceremos una única noche, para regresar a la otra isla al día siguiente (el objetivo de este esfuerzo en logística para tan corto período temporal en la isla sur será develado a su debido tiempo, pero sepan desde ya que tiene que ver con un deber patriótico ineludible).
Las noches del 28, 29 y 30 de Septiembre las pasaremos en Taupo, bien en el centro geográfico de la ínsula boreal, ideal para recorrer ciudades aledañas sin tener que manejar demasiado. 
Llegando ya al final del viaje, estaremos el 1 y 2 de Octubre en Palmerston del Norte (un cachito abajo de Taupo), y la última noche la pasaremos en Hamilton, cerca de Auckland, donde abordaremos el avión que nos traerá de regreso con un bien merecido jet lag de 15 o 16 horas (actualmente hay 15 horas de diferencia horaria, pero todavía no estoy seguro de si van a aplicar el cambio al horario de verano el 25 de Septiembre, cuando pasarían a ser 16).

Va el resumen de los partidos que veremos: (confirmen lo de los horarios de argentina por el tema del horario de verano neozelandez que mencioné arriba)
  • Australia v USA (Wellington) - Viernes 23, 5:30 hs Arg (20:30 hs NZ).
  • Argentina v Escocia (Wellington) - Domingo 25, 4:30 hs Arg (20:30 hs NZ).
  • Italia v USA (Nelson) - Martes 27, 3:30 hs Arg (19:30 hs NZ).
  • Francia v Tonga (Wellington)- Sábado 1,  2:00 hs Arg (18:00 hs NZ).
  • Argentina v Georgia (Palmerston North) - Domigo 2 (Sábado 1 para uds) , 21:00 hs Arg (13:00 hs NZ). 
Espero encontrar la inspiración necesaria para poder transmitirles al pie de la letra (y con un poco de exageración también, porque si no no tiene tanta gracia la cosa) lo que vivamos en éstos locos días que se vienen, así, de alguna manera, sentimos que viajamos todos juntos (o al menos con eso se conforman ustedes mientras lo miran por tv... esperemos sea hd al menos).

A bientôt!